La Llajta, la tierra que te abraza sin preguntarte el nombre
Imagen de la Coronilla y parte de la zona del aeropuerto Jorge Wilstermann. Foto: Cortesía
Por Luzgardo Muruá Pará
Han pasado muchos años desde que llegué a esta tierra. Treinta años, para ser exactos. Tres décadas de ir conociendo sus secretos como quien descifra las líneas de una mano ajena que se vuelve propia. Vine del oriente, de mi monte chiquitano, donde la tierra es otra cosa, donde el horizonte se pierde entre bejucos, toborochis y palmeras, y el aire huele distinto. Pero Cochabamba… Cochabamba es de esas tierras que te reciben como si fueras de siempre, como si hubieras nacido entre sus cerros o sus jacarandás.
Hoy, 14 de septiembre, cumple 215 años de libertad esta Llajta que no me vio nacer, pero que me ha visto crecer, envejecer, echar raíces donde antes solo había nostalgia por lo que dejé atrás. Y es que uno no elige de dónde enamorarse, así como no elige el color de sus ojos o el sabor de sus recuerdos de infancia.
Describir Cochabamba es como intentar atrapar el viento con las manos: siempre se escapa algo, siempre queda un pedazo sin contar. Pero hay que intentarlo, porque hay cosas que solo se entienden cuando se viven, cuando se caminan, cuando se mastican despacio como un buen lapping en domingo.
Ese sabor que no está solo en los platos sino en la manera de vivirlos, de compartirlos. Por ejemplo, el pique a lo macho que te hace sudar y reír al mismo tiempo, el trancapecho que te abraza por dentro cuando la brisa baja del Tunari sin avisar. Cada bocado es un pedazo de historia masticada, de tradición que pasa de mano en mano como una herencia que nunca se pierde.
𝐄𝐥 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞
Los fantasmas de los barones del estaño todavía rondan por estas calles: Patiño con su fortuna de leyenda, Hochschild y Aramayo con sus nombres grabados en placas que ya nadie lee, pero todavía se recuerdan. Ellos hicieron rica a esta tierra, pero la tierra ya era rica desde antes, rica en otra cosa que no se compra ni se vende.
Y aquí están los micros viejos, esas chatarras benditas que nos llevan de un lado al otro como si fueran navíos en un mar de asfalto agrietado. Cada viaje es una aventura, cada semáforo una oportunidad de conocer al semejante, de escuchar una historia, de que te cuenten que el chofer tiene siete hijos y que el cobrador estudia de noche para ser ingeniero.
El río Rocha corre turbio, sí, pero corre. Y uno aprende que la belleza no siempre es cristalina, que a veces la vida misma es turbia, pero sigue corriendo, sigue buscando su cauce entre el cemento y las esperanzas.
En los pasillos de la Universidad Mayor de San Simón se respira juventud mezclada con polvo de años, con sueños que se construyen a punta de libros prestados y cafés aguados. Es ahí donde se forjan los futuros, donde se discute el mundo y se intenta cambiar el país, aunque sea de a poquito, aunque sea de palabra en palabra.
𝐄𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐛𝐫𝐚𝐳𝐚𝐧
Y los gritos. Oh, esos gritos por el Wilstermann o por Aurora. Gritos que salen del alma, que duelen en la garganta, pero sanan el corazón cuando se celebra una victoria. Porque aquí el fútbol no es deporte, es también religión, es identidad, es la manera de ser cochabambinos desde las vísceras.
Como si eso fuera poco, desde allá arriba, desde el cerro San Pedro, el Cristo de la Concordia mira a todos con los brazos abiertos. No pregunta de dónde venís ni cuándo llegaste, solo te recibe. Y uno entiende que ese es el espíritu kochala: recibir sin preguntar, abrazar sin condiciones.
Es a partir de este valle que se comprende la historia. Las Heroínas de la Coronilla dejaron más que un monumento; dejaron una lección de que el valor no tiene género ni edad, que a veces la historia la escriben las manos más pequeñas con el corazón más grande.
Mientras tanto, el hálito que baja del Tunari llega cargado de historias, de nubes que se han paseado por toda la cordillera antes de venir a refrescarnos las tardes. Esa brisa que en La Cancha se mezcla con voces de mercado y que llega a la zona sur ya cansada pero aún tibia.
Y la chicha, la bendita chicha kulli servida en tutuma que cura todo: la sed, las penas, las alegrías desmedidas, las tardes que no quieren terminar. Cada sorbo es un ritual, cada tutuma una comunión con esta tierra que fermenta sus frutos y sus afectos por igual.
Los jóvenes de ahora miran pantallas donde nosotros mirábamos cerros, programan códigos donde nosotros escribíamos cartas. Pero siguen siendo cochalabes, siguen teniendo esa manera particular de soñar que los distingue.
Las mujeres emprenden como siempre lo hicieron, pero ahora con nombre propio, con marca registrada, con planes que van más allá del barrio, pero que nunca olvidan de dónde vienen, lleven o no sombrero y pollera.
𝐎𝐥𝐨𝐫 𝐚 𝐣𝐚𝐫𝐝í𝐧
La ciudad es un aroma que viene de la memoria colectiva, de cuando esta ciudad era más verde que cemento, más tierra que asfalto. El aroma a ciudad jardín se mantiene, aunque a veces K’ara K’ara huela más fuerte.
Sin embargo, siempre hay un regalo placentero. Una Taquiña helada al final de la jornada, esa cerveza que sabe a aquí, que sabe a nuestro. Cada trago es un brindis silencioso por haber llegado hasta este momento, por estar vivo en esta tierra que nos acoge.
Uno sube de peso en Cochabamba, nos volvemos gorditos, es cierto. Se sube de peso en kilos y en afectos, en recuerdos y en pertenencias. El chicharrón del domingo no es solo comida, es la simpleza de comer sin cubierto, con la mano; es encuentro y celebración, es la excusa perfecta para reunir a la familia que elegiste y con la que te tocó surgir munido de tantas peripecias.
Treinta años después, puedo decir que Cochabamba no solo es donde vivo: es donde aprendí que el hogar no es donde nacés, sino donde decidís quedarte. Es la tierra prometida que no promete nada, pero que lo da todo. Es Bolivia concentrada en un valle, con sus contradicciones y sus milagros, con su manera única de hacer que un chiquitano como yo termine escribiendo sobre ella como si hubiera nacido entre sus cerros.
Y hoy, en sus 215 años de libertad, la abrazo como se abraza a una madre que no te parió, pero que te crió, con ese amor que no se explica, pero que se siente en cada respiración, en cada paso por sus calles y avenidas, en cada puesta de sol que tiñe de azulado naranja las cumbres del Tunari y me recuerda, una vez más, por qué decidí quedarme. ¡𝐅𝐞𝐥𝐢𝐳 𝐚𝐧𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐚𝐫𝐢𝐨, 𝐂𝐨𝐜𝐡𝐚𝐛𝐚𝐦𝐛𝐚, 𝐜𝐨𝐧 𝐯𝐨𝐬 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐦𝐞 𝐬𝐞𝐧𝐭𝐢𝐫é 𝐞𝐧 𝐜𝐚𝐬𝐚!
